A Elena no la traicionó una mentira aislada, sino la escena impecable de una vida entera donde otra mujer llevaba su apellido prestado mientras ella seguía planchando camisas para un hombre que ya había repartido su amor y su nombre entre dos casas.
La recepcionista sonrió antes de clavarle el puñal. Fue una sonrisa profesional, limpia, automática, de esas que nacen de la costumbre y por eso resultan […]