La humillación más cruel no fue ver a su madre volver a casa con fiebre y las manos partidas, sino escucharla decir, con la voz rota y los ojos secos: “No llores, mi amor… si no obedezco, nos deja en la calle”.
Esa noche, Alma dejó de ser una niña por dentro. Tenía ocho años, las rodillas flacas, un vestido amarillo ya sin color y el corazón […]