Le dejaron la casa más rota como quien le arroja a una mujer ahogada la parte del barco que todos consideran inútil, y Nora entendió, con sus dos hijos apretados a cada lado y el luto todavía caliente en el cuerpo, que su familia no solo quería quedarse con lo mejor de la herencia: quería verla aceptar, una vez más, el lugar más pobre de la mesa.
La risa de su hermano no fue escandalosa. Fue peor. Breve, contenida, suficiente para que todos en la notaría la oyeran y fingieran no haberla […]