Le dejaron la casa más rota como quien le arroja a una mujer ahogada la parte del barco que todos consideran inútil, y Nora entendió, con sus dos hijos apretados a cada lado y el luto todavía caliente en el cuerpo, que su familia no solo quería quedarse con lo mejor de la herencia: quería verla aceptar, una vez más, el lugar más pobre de la mesa.
Descubrió al hijo oculto de su prometido una hora antes de casarse, y entendió, mientras el bebé lloraba en sus brazos y el vestido blanco le pesaba como una mentira recién planchada, que la traición más cruel no era que él hubiera amado a otra mujer: era que pensaba convertirla a ella en la coartada elegante de su engaño.