La primera vez que Mateo volvió a sentir algo en las piernas, no fue gracias a un médico, ni a una máquina, ni a la voz quebrada de su padre pidiéndole paciencia, sino por la mano tibia de un niño desconocido que apareció en el hospital y le dijo, como si hablara desde una verdad demasiado antigua: “No estás roto, sólo estás escuchando el dolor de otro.”
Mateo no gritó. Ni siquiera se movió de inmediato. Se quedó inmóvil sobre la cama estrecha, con la sábana blanca tensada sobre sus piernas inútiles […]