La vendieron como se vende una yegua cansada, con el precio dicho delante de todos y la cabeza agachada por obligación, pero la herida más brutal no fue el trato: fue descubrir que el hombre lisiado al que la entregaban era el único en toda la hacienda que todavía sabía mirar sin crueldad.
Cuando cerraron la puerta de la alcoba nupcial con el cerrojo por fuera, Jacinta no corrió hacia la cama ni se echó a llorar como […]