La máquina tembló en la mano de Teresa cuando vio el cuero cabelludo de su nieta aparecer a tirones bajo la luz blanca del baño, y por primera vez en muchos años entendió que la humillación también podía sonar: un zumbido seco, cruel, casi íntimo, sobre el llanto ahogado de una niña que ya no sabía si taparse la cabeza o la vergüenza.